MATRÍCULA DE HONOR

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Cuando comencé el máster, lo hice con una mezcla poco cómoda de anhelo y reticencia. Anhelo de volver a estudiar, de escribir con rigor, de sostener una apuesta creativa sin pedir permiso. Y reticencia —sobre todo hacia mí misma—: hacia mi voz, hacia mi capacidad de regresar a una disciplina académica después de tantos años.

Había preguntas que me acompañaban en silencio: si mi voz era válida, si mi escritura tendría un lugar, si mi forma de pensar —simbólica y, a ratos, fracturada— podría sostenerse en un marco académico.

No llegué al primer día con una sensación limpia de “nuevo comienzo”. Llegué con historia, con cansancio, con fragilidad y con la intuición de que entraba en un territorio exigente donde ya no bastaba con escribir por pasión: había que argumentar, estructurar, sostener una tesis, defender.

Durante mucho tiempo, escribir había sido refugio. Convertirlo en método, investigación y práctica disciplinada era otra cosa: exigía constancia, atención y una forma de compromiso que no tiene nada de heroico; es, más bien, radicalmente cotidiana.

Con el tiempo entendí que el máster no iba a “darme confianza” como si se tratara de una validación externa. Iba a pedirme algo más incómodo y más honesto: sostener mi voz sin diluirla, acrisolar mi escritura sin domesticarla y aprender a habitar el rigor sin renunciar a la dimensión simbólica que siempre ha ordenado mi manera de pensar. Ese fue, en realidad, el aprendizaje central.

Mi Trabajo Fin de Máster nació justo en ese cruce: escritura creativa e investigación simbólica; lo fragmentario y lo estructural; la intuición y el método. Se titula El búho en la magnolia: Narrativa arquetípica y escritura fragmentaria a partir de los 22 Arcanos Mayores del Tarot: investigación-creación sobre símbolo, voz y memoria situada. Bajo la dirección de la Dra. Ornela Barisone —Doctora en Humanidades y Artes con mención en Literatura y especializada en cruces entre literatura, visualidad y artes comparadas—, el proyecto encontró un marco de trabajo exigente y, a la vez, afinado: una arquitectura narrativa donde arquetipos, memoria y forma dialogaban con un sostén teórico sólido.

Hacia el final comprendí algo con claridad: no estaba escribiendo únicamente para “entregar un trabajo”. Estaba construyendo una forma de pensamiento. Un lenguaje propio capaz de sostenerse también en el ámbito académico.

La defensa del TFM fue, más que una evaluación, un punto de condensación de todo el proceso. No la viví solo como un acto formal, sino como la puesta en voz de un trabajo que había crecido en silencio durante meses, entre lecturas, escritura y reflexión teórica. Mi agradecimiento al tribunal —presidido por el Dr. José Luis Nogales Baena, cuya trayectoria investigadora (con doctorados por la Universidad de Sevilla y Boston University) aporta un marco de rigor especialmente sólido, y con Álvaro Lema Mosca como secretario, profesor e investigador con perfil de escritor y formación doctoral en la Universidad Autónoma de Madrid— por la lectura atenta, el criterio y la calidad del diálogo durante la defensa.

Venía sosteniendo un nervio feroz desde antes, y durante la defensa ese temblor no aflojó. Por eso, la calificación de 10 y la propuesta del tribunal para Matrícula de Honor llegaron como un estallido: entusiasmo, incredulidad, una alegría difícil de procesar del todo. Y, tras ese primer impacto, apareció la coherencia: el trabajo había encontrado su forma, y esa forma podía sostenerse en un espacio académico exigente.

Meses después, el recorrido se amplió con una noticia que lo confirmó: fui seleccionada para el programa de mentoría de la Cátedra Vargas Llosa, bajo la guía del escritor Juan Carlos Chirinos. Lo viví como una prolongación natural del trabajo realizado: acompañamiento crítico y afinación de un proyecto literario que sigue creciendo. Me sentí profundamente afortunada y, a la vez, esperanzada: como si el camino se abriera un poco más y ofreciera futuro.

Y poco después llegó la notificación oficial: mi Trabajo Fin de Máster ha sido distinguido con Matrícula de Honor.

Dejo constancia aquí, como memoria de un recorrido. La distinción tiene su peso, pero la materia verdadera estuvo en el proceso: las dudas iniciales, la disciplina sostenida y la construcción gradual de una voz que aprendió a habitarse.

La Matrícula de Honor no cambia lo esencial, pero confirma algo importante: que una escritura simbólica puede ser rigurosa, que lo fragmentario puede convertirse en estructura y que una mirada personal no necesita simplificarse para habitar la academia.

Una etapa terminó, pero no lo entiendo como un cierre, sino como una confirmación del camino recorrido; una señal de que el tránsito —exigente, íntimo, a veces incierto— tenía sentido.

Ahora el movimiento continúa: investigación, escritura, mentoría y nuevas formas de profundización. Y quiero agradecer a la Universidad Internacional de La Rioja por ofrecerme una experiencia completa y redonda, sostenida por un plan de estudios estupendo —bien articulado, exigente y práctico— y por la calidad del profesorado, cuya guía y criterio hicieron posible trabajar con profundidad, precisión y continuidad. Y, de manera especial, a la Dra. Anna Cacciola, coordinadora del Máster Universitario en Escritura Creativa, doctora internacional (cum laude y Premio Extraordinario) por la Universidad de Alicante, por su diligencia, inteligencia y sensatez; por un acompañamiento sensible y preciso que sostuvo el proceso con claridad y exigencia.

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