Reporte del I Congreso de Novas Investigacións en Humanidades: Historia, Arte, Patrimonio e Cultura

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El I Congreso de Novas Investigacións en Humanidades: Historia, Arte, Patrimonio e Cultura, celebrado el 17 de octubre de 2025 en la Facultade de Humanidades de la Universidade de Santiago de Compostela (Campus de Lugo), fue mucho más que una jornada académica: constituyó un verdadero punto de encuentro entre generaciones de jóvenes investigadores y el pulso vivo de una ciudad con hondas raíces históricas. Lugo, antigua Lucus Augusti, conserva en sus murallas romanas —Patrimonio de la Humanidad— una presencia de tiempo que parece dialogar naturalmente con la vocación del congreso: pensar la memoria, el arte y la cultura desde una mirada contemporánea, pero consciente de sus orígenes.

La mañana amaneció fresca, con niebla, y con esa luz translúcida del otoño gallego que suaviza los tejados y perfuma el aire con humedad. A las diez, el Salón de Actos Profesora Ana Goy Diz acogió la sesión inaugural. Los coordinadores, Rubén Castro Redondo y Patricia Cupeiro López, dieron la bienvenida en un tono cercano y entusiasta, subrayando el carácter pionero del encuentro y la necesidad de crear redes entre quienes comienzan su camino académico. Desde el primer momento, el ambiente fue amable y colaborativo: se percibía el entusiasmo de quienes no solo acuden a exponer resultados, sino a intercambiar preguntas.

La conferencia plenaria estuvo a cargo del profesor Juan M. Monterroso, quien habló sobre la transferencia e investigación en los inicios de la carrera académica. Su intervención fue lúcida y alentadora: recordó que la investigación en Humanidades solo cobra sentido cuando se abre al diálogo con la sociedad, con la educación y con la cultura viva. Invitó a los presentes a mantener la curiosidad, a cuidar la ética del trabajo intelectual y a entender la divulgación no como un gesto de simplificación, sino como una forma de generosidad.

Me pareció especialmente interesante que todo el congreso —desde la bienvenida hasta las comunicaciones finales— se desarrollara en una mezcla natural de gallego y español, sin traducciones ni rigideces, sino como un flujo orgánico entre ambas lenguas. Ese bilingüismo espontáneo expresaba algo más que una cuestión lingüística: era la afirmación de una identidad cultural orgullosa, arraigada y hospitalaria, que no teme abrirse a otras voces. En las mesas participaron investigadores de Galicia, Andalucía, Castilla y León, Asturias (Oviedo), Cataluña, Madrid y la Comunidad Valenciana, así como colegas de Ecuador, Uruguay y México (yo), lo que reforzó la sensación de un congreso abierto a la pluralidad, donde lo local y lo global se entretejían con naturalidad.

Tras la plenaria se ofreció una pausa-café, que funcionó como un espacio de encuentro y conversación entre los participantes. Durante el resto de la mañana se desarrollaron tres mesas paralelas, distribuidas por aulas. Tuve la oportunidad de asistir a la Mesa 1, dedicada a Arte y creación artística, y fue particularmente interesante tanto por la calidad de las participaciones como por la excelente manera de moderarla y el debate posterior. Abordó cuestiones vinculadas con la crítica de arte contemporáneo, la curaduría, la escritura del yo y los vínculos entre arte y tecnología. La Mesa 2, centrada en Patrimonio, cultura e territorio, presentó estudios sobre turismo cultural, catalogación de bienes patrimoniales y construcción de identidades territoriales. Por su parte, la Mesa 3, de Historia I, reunió investigaciones sobre arqueoantropología, redes femeninas en la Edad Media y representaciones del poder. Estas sesiones evidenciaron la riqueza del panorama de investigación actual y la voluntad de integrar la tecnología, la perspectiva de género y el enfoque interdisciplinario en los estudios humanísticos.

A mediodía, la pausa para el almuerzo ofreció la oportunidad de conocer mejor la Facultad y sus alrededores. Desde las ventanas del edificio se adivina el verde que abraza la ciudad; Lugo conserva un ritmo propio, pausado, con ese equilibrio entre historia y cotidianidad que la hace propicia para la reflexión. El comedor de la facultad se convirtió en un punto de encuentro entre ponentes y asistentes, y propició conversaciones sobre posibles colaboraciones y proyectos comunes.

Por la tarde se retomaron las presentaciones con las Mesas 4, 5 y 6. La primera, centrada en Historia II, abordó cuestiones de inquisición, patrimonio y memoria obrera. La Mesa 5, titulada Literatura, oralidade e narrativa audiovisual, reunió propuestas en torno a la narrativa contemporánea, el cine, la literatura comparada y la investigación-creación. Fue en esta mesa donde participé con la comunicación titulada El búho en la magnolia: narrativa arquetípica y escritura fragmentaria a partir de los 22 Arcanos Mayores del Tarot. La ponencia, derivada de mi trabajo fin de máster, expuso un proyecto de investigación-creación que propone entender el Tarot como dispositivo literario: un sistema de símbolos que, más que ilustrar, organiza la estructura y la respiración de la escritura. A través de veintidós relatos breves, cada uno asociado a un arcano, la obra plantea un viaje interior leído en espiral, donde símbolo, forma y voz se integran en una experiencia de lectura contemplativa. La presentación se sustentó en los marcos teóricos de Jung, Campbell, Genette, Bajtín y Calvino, así como en los aportes de Bhabha, Hirsch y Zambrano para pensar una voz situada, femenina y migrante. Durante el debate posterior se discutió la validez académica de la investigación-creación dentro de las Humanidades y la potencialidad del símbolo como estructura de pensamiento. Las intervenciones de los colegas de mesa coincidieron en subrayar la necesidad de metodologías híbridas que reconozcan el valor epistemológico del proceso artístico. La Mesa 6, dedicada a Filosofía, política e sociedade, cerró el ciclo de presentaciones con comunicaciones sobre estética, nación, tecnología y poscolonialidad, ampliando el espectro temático del encuentro.

La clausura tuvo lugar hacia las siete de la tarde en el mismo Salón de Actos. Los coordinadores Rubén Castro Redondo y Patricia Cupeiro López agradecieron la participación y destacaron la calidad y diversidad de los trabajos presentados, subrayando el compromiso de la USC con la investigación joven y la proyección social de las Humanidades. Manifestaron la voluntad de dar continuidad anual al congreso, consolidándolo como un foro permanente de intercambio académico y de cooperación interdisciplinaria. Entre aplausos y despedidas, quedó flotando la sensación de haber formado parte de algo que apenas comienza, pero que ya tiene alma.

La experiencia resultó altamente enriquecedora tanto en el plano académico como en el personal. El congreso evidenció la vitalidad y la pluralidad de enfoques que caracterizan a las Humanidades actuales, así como la importancia de abrir espacios de diálogo donde teoría, práctica y creación se complementen. Mi participación en la Mesa 5 permitió difundir una investigación que conjuga literatura, símbolo y migración, y obtener valiosas observaciones para su desarrollo futuro.

Salir al anochecer por las calles de Lugo, con el murmullo de la Rúa Nova y el eco de las murallas iluminadas, reforzó esa idea de continuidad entre pasado y presente. Las fachadas de piedra, tan sobrias y armoniosas, guardan en silencio siglos de historia romana y medieval; cada arco y cada torre parecen dialogar con la vocación humanista que había animado la jornada. En los soportales, la ciudad comenzaba su otro congreso: el de las conversaciones y los encuentros cotidianos. Lugo huele a pan recién hecho y a vino joven; los cafés se llenan de voces que alternan gallego y castellano, y las mesas del vermú se convierten en prolongaciones naturales del aula. Me detuve en una taberna cercana para probar una tapa de pulpo y otra de empanada —sabores sencillos, pero llenos de historia— mientras el rumor de las campanas marcaba el paso del tiempo. Caminé luego hasta la Praza Maior, donde la luz cálida de los faroles caía sobre los soportales y el aire tenía esa calma dulce de las ciudades que aún saben mirar despacio. Allí, entre risas y pasos, se mezclaban el cansancio y la gratitud: la sensación de que el día había sido un puente entre lo académico y lo vital, entre el pensamiento y la vida. Este congreso fue, en definitiva, una experiencia que combinó rigor y calidez, donde cada ponencia —más allá de su tema— resonaba con el mismo deseo: seguir pensando, crear, preguntar. Volví con el convencimiento de que las Humanidades, cuando se practican así, con pasión y apertura, no solo estudian el mundo: lo vuelven habitable.

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