🇬🇧 English version below.
🇫🇷 Version française ci-dessous.
Recientemente estuve en París. Catorce años después de la primera vez que caminé sus calles —y tras volver en distintas ocasiones— la viví de otro modo: sigue siendo compleja, pero ya no me apabulla; descubrí en ella una escala humana. En lugar de sentir su peso, pude reconocer con nitidez los elementos que la conforman —el paisaje, el ruido, el transporte, la vida cotidiana, los edificios, la arquitectura— y percibir cómo todo ello se entrelaza en una trama urbana que respira como un cuerpo vivo.
Lo más revelador fue advertir que lo esencial de esa trama es la gente. Detrás de cada individuo que se apresura o de cada turista que se concede el tiempo de contemplar, se abre un universo de historias. Esa constatación me resulta natural ahora, pero sé que no lo hubiera sido hace catorce años. Porque en este tiempo no solo ha cambiado París: he cambiado yo. La ciudad que llevo dentro, la ciudad de mí, se ha transformado.
Hoy me atrevo a pensar que he crecido. El mundo se ha ido acumulando en mí y, con esa maduración, París ya no se muestra como una fuerza amenazante, sino como un escenario donde mi experiencia encuentra proporción. Recuerdo bien la primera visita: la ciudad me parecía inmensa, desbordada, caótica. Ahora, en cambio, sus dimensiones parecen ajustarse a mi paso.
Las ciudades, en realidad, no cambian tanto: cambia la forma en que las habitamos. Cuando nos sentimos pequeños, las urbes se alzan como murallas; sus avenidas son interminables, sus edificios demasiado altos, sus multitudes inabarcables. Todo nos recuerda nuestra fragilidad. Pero algo ocurre cuando crecemos hacia dentro, cuando el autodescubrimiento nos da cierta solidez. Entonces, la misma ciudad adquiere otra medida: el trayecto se vuelve rutina, la plaza refugio, y las calles se revelan cercanas, casi domésticas.
Cuando estudiaba arquitectura, dedicábamos horas a comprender la importancia de la escala humana. En los planos y maquetas, esa pequeña figura dibujada recordaba que la medida última de cualquier espacio es el cuerpo que lo habita. La altura de un muro, la proporción de una puerta o la dimensión de una plaza solo se entienden en relación con quien los recorre. Esa lección técnica se convirtió en metáfora interior: con el tiempo entendí que, como los espacios, la vida adquiere sentido en proporción a nosotros mismos. No es el tamaño de la ciudad lo que determina su peso en nosotros, sino la forma en que aprendemos a situarnos dentro de ella.
Pienso en 2011, cuando una chica de un pequeño pueblo de México se encontró de pronto frente a las grandes ciudades de Europa. Era un escenario abrumador y fascinante, y yo apenas comenzaba a descubrirlo con ojos atónitos. Sentí una gratitud inmensa —no solo por París, sino por muchas otras ciudades y países—; mi sensibilidad latía ante la belleza, pero mi inexperiencia susurraba que no merecía estar allí. Aunque los lugares fueran magníficos, yo me sentía pequeña: me acercaba con timidez, me daba pena entrar a restaurantes, caminar por plazas, ocupar una mesa pública; me preguntaba si estaba bien vestida, si debía estar allí, si tenía derecho a disfrutar. Ese sentido de no merecimiento fue cediendo con lentitud. Y, sin embargo, en mi última visita hubo un momento silencioso de reconocimiento: ya puedo habitar esos espacios. Puedo quedarme en la sala, pedir sin titubear, mirar sin culpa. Puedo disfrutar sin pensar en la mirada ajena, con la certeza sencilla de que si estoy ahí es porque he llegado por derecho propio.
En aquella primera visita a París recorrí, como era inevitable, los sitios emblemáticos: tuve la energía y la ilusión de subir a la Torre Eiffel para contemplar desde lo alto la traza urbana de la ciudad, ese entramado que parece infinito. En el Louvre me emocioné al encontrarme frente a la Mona Lisa, no tanto por la pintura, sino por el gesto de reconocerme en ese momento único, rodeada de multitudes que compartían la misma expectación. Recuerdo también la primera crepa que probé, en el Passage des Panoramas. Sobre estos pasajes escribió Walter Benjamin que su encanto reside en la doble función: son vitrinas hacia la ciudad y, a la vez, espacios interiores, sombras con ecos de lo cotidiano que permiten leer la urbe como casa. Y cómo olvidarme de la sensación abrumadora al caminar por los Campos Elíseos: tiendas de lujo y restaurantes que parecían inaccesibles, la mezcla de deslumbramiento y extrañeza que me hacía sentir todavía más pequeña frente a la magnitud de esa ciudad. Desde entonces he vuelto muchas veces a París; cada regreso ofrece otra capa, como si la ciudad también se transformara conmigo.
Esta vez, decidí alejarme un poco de los recorridos más obvios y concentrarme en barrios como el Quartier Latin y Montmartre. Allí pude entrar en pequeños establecimientos, recorrer cafés frecuentados por los locales y mirar la ciudad desde una escala distinta. Ahora, además, ya hablo su idioma, y esa familiaridad me abrió puertas para escuchar la ciudad en su propio tono. El corazón humano siempre resuena distinto cuando algo nos resulta cercano, cuando las palabras compartidas vuelven más cálido el espacio. Fue como si París se desplegara en dimensiones más íntimas: mesas pequeñas llenas de conversaciones cotidianas, calles empinadas que conducían a vistas inesperadas, librerías escondidas que parecían aguardarme desde siempre. Esa experiencia me permitió entender que la ciudad también puede habitarse en sus pliegues, en lo doméstico, en lo que se descubre cuando el paso se hace más lento y la mirada se posa en los detalles.
Gaston Bachelard hablaba de la “topofilia”, ese vínculo afectivo que convierte un espacio en casa, aunque sea vasto o extraño. Walter Benjamin veía en la ciudad un entramado de pasajes y memorias que se despliega con cada caminata. Tal vez ahí se crucen lo urbano y lo íntimo: cuando la mirada deja de sentirse sobrepasada y empieza a leer las calles como prolongación de uno mismo.
Algunas ciudades logran volverse íntimas, se reducen a nuestra escala y nos acompañan como un cuerpo amable. Otras permanecen colosales, territorios inabordables que recuerdan la imposibilidad de abarcarlo todo. Hay, además, una diferencia fundamental: haber dejado la ciudad o nunca haberla abandonado. Quien se queda aprende a convivir con las proporciones, ajusta el cuerpo a sus calles y las calles a su cuerpo. Quien parte carga con una imagen congelada y, al regresar, mide a la vez cuánto ha cambiado la ciudad y cuánto ha cambiado uno.
Hace unos meses, cuando estuve en Múnich por primera vez, la ciudad me pareció interesante por su pulso tranquilo: gente que camina como si el mundo les concediera un permiso tácito para existir sin prisa, plazas donde el tiempo no se acorta, cafeterías en las que se permanece sin culpa. Me sorprendió la pasividad tranquila de un biergarten, esa forma de detener el tiempo bajo los árboles, con la vida corriendo en una jarra de cerveza. En contraste, la experiencia en un tradicional Ratskeller fue intensa y casi solemne: la comida abundante y el ambiente denso parecían contener siglos de historia. Al estar ubicado en sótanos, con arquitectura gótica de techos abovedados y columnas robustas, el lugar transmitía una gravedad particular, como si cada bocado estuviera acompañado por la memoria de la ciudad que lo sostiene desde lo profundo. Y en ese momento, mi alma parecía compartir esa gravedad: recogida en sí misma y en sintonía con la penumbra del lugar, como si mi interior encontrara eco en esa resonancia.
Mientras recorría sus calles, se me pegó un mantra casi de manera automática: take your time, take your space. Lo repetía como quien practica una respiración nueva, porque durante años he vivido con la sensación de no merecer tiempo: me apresuro, siento que debo justificar mi presencia, pedir permiso para relajarme, disfrutar, ocupar un lugar. Ver a otras personas moverse con naturalidad me dio permiso para ensayar otra forma de estar: aceptar que el tiempo es mío, que puedo tomarlo sin explicaciones, que ocupar espacio también es un acto legítimo de existir.
Roland Barthes decía que la ciudad es un discurso, un texto que se escribe y se lee a la vez: cada calle, cada fachada, cada plaza es un significante que cambia de sentido según quién lo habite. Esa idea resuena en mi propia experiencia: París, Múnich o cualquier otra urbe no son estáticas, sino que se reescriben en la medida en que yo las recorro. Lo que ayer fue un signo de amenaza, hoy puede ser un signo de pertenencia; lo que antes parecía inabarcable, ahora se convierte en un gesto íntimo. Así como una ciudad se reinterpreta cada vez que la habitamos, yo también me leo y me reescribo en cada experiencia, encontrando nuevas formas de comprender quién soy y cómo puedo habitarme.
En ese ir y venir entre ciudades y lecturas, veo que todas estas experiencias —los paseos por París que ahora caben en mi paso, la primera vez atónita de 2011, la lección de la escala humana en las maquetas, la calma de Múnich y la gratitud que me desbordaba— son fragmentos de un mismo aprendizaje: habitarse es aprender a dar a nuestro interior la medida justa. Así como en la arquitectura una puerta mal proporcionada incomoda, una autoestima angosta nos coloca fuera de escala con la vida. Aprender a medirme fue redibujar las proporciones internas hasta que las ciudades dejaron de aplastarme y comenzaron a responder a mi ritmo. Bachelard y Benjamin susurran que los lugares contienen memorias, y esas memorias se vuelven habitables cuando ya no creemos que debemos pedir permiso para existir. Tomar tiempo, ocupar espacio, mirar sin culpa: ejercicios simples que, repetidos, reconstruyen la dignidad de una presencia que siempre estuvo ahí, esperando ser reconocida. Ahora camino sabiendo que las ciudades me muestran quién soy —a veces íntima, a veces monumental— y que la verdadera arquitectura que me sostiene es la que construyo en mi interior: paciente, suficientemente amplia y propia. Aún me quedan muchas ciudades por recorrer, por experimentar y por habitar. Sé que siempre habrá algunas que se me presenten desmesuradas, como gigantes que recuerdan lo inabarcable, y otras que, con suerte, desde el primer encuentro me ofrezcan la calidez de un abrazo y la sensación de estar llegando a casa. Y ahí surge una pregunta inevitable: ¿dónde está realmente la casa?, ¿en un territorio fijo, en una ciudad concreta, o en la capacidad de reconocerse a sí misma en cualquier lugar?
🇬🇧 Cities
I was in Paris recently. Fourteen years after the first time I walked its streets—and after returning on various occasions—I experienced it differently: it is still complex, but it no longer overwhelms me; I discovered in it a human scale. Rather than feeling its weight, I was able to discern clearly the elements that compose it—the landscape, the noise, the transport, daily life, the buildings, the architecture—and perceive how all of this interweaves into an urban fabric that breathes like a living body.
The most revealing thing was realising that what is essential to that fabric is the people. Behind every individual who hurries past, or every tourist who allows themselves the time to look, a universe of stories opens up. That realisation feels natural to me now, but I know it would not have done fourteen years ago. Because in that time not only has Paris changed: I have changed. The city I carry within me, the city of me, has been transformed.
Today I dare to think that I have grown. The world has been accumulating within me and, with that maturing, Paris no longer appears as a threatening force, but as a stage where my experience finds proportion. I remember the first visit well: the city seemed immense, overflowing, chaotic. Now, by contrast, its dimensions seem to adjust to my stride.
Cities, in truth, do not change that much: what changes is the way we inhabit them. When we feel small, cities rise like walls; their avenues are endless, their buildings too tall, their crowds impossible to take in. Everything reminds us of our fragility. But something happens when we grow inwardly, when self-discovery lends us a certain solidity. Then the very same city takes on another measure: the route becomes routine, the square a refuge, and the streets reveal themselves as close, almost domestic.
When I studied architecture, we spent hours understanding the importance of the human scale. In drawings and models, that small sketched figure reminded us that the ultimate measure of any space is the body that inhabits it. The height of a wall, the proportion of a doorway or the size of a square are understood only in relation to the person who moves through them. That technical lesson became an inner metaphor: over time I understood that, like spaces, life acquires meaning in proportion to ourselves. It is not the size of the city that determines its weight in us, but the way we learn to place ourselves within it.
I think of 2011, when a girl from a small Mexican town suddenly found herself before the great cities of Europe. It was an overwhelming and fascinating scene, and I was only just beginning to discover it with astonished eyes. I felt immense gratitude—not only for Paris, but for many other cities and countries; my sensitivity throbbed before the beauty, but my inexperience whispered that I did not deserve to be there. Even if the places were magnificent, I felt small: I approached with timidity, I was embarrassed to go into restaurants, to walk through squares, to occupy a public table; I asked myself if I was properly dressed, if I should be there, if I had the right to enjoy it. That sense of unworthiness yielded slowly. And yet, on my most recent visit there was a quiet moment of recognition: I can inhabit those spaces now. I can remain in the room, order without hesitation, look without guilt. I can enjoy without worrying about others’ gaze, with the simple certainty that if I am there it is because I have arrived on my own merits.
On that first visit to Paris I went, as was inevitable, to the emblematic sites: I had the energy and the dream of climbing the Eiffel Tower to contemplate from above the city’s urban layout, that web that seems infinite. At the Louvre I was moved to find myself before the Mona Lisa, not so much because of the painting, but because of the gesture of recognising myself in that unique moment, surrounded by crowds who shared the same expectation. I also remember the first crêpe I tried, in the Passage des Panoramas. Walter Benjamin wrote of these passages that their charm lies in their double function: they are shopfronts onto the city and, at the same time, interior spaces, shadows with echoes of the everyday that allow one to read the city as a home. And how could I forget the overwhelming sensation of walking along the Champs-Élysées: luxury shops and restaurants that seemed inaccessible, the mix of dazzlement and strangeness that made me feel even smaller before the magnitude of that city. Since then I have returned to Paris many times; each return offers another layer, as if the city were transforming with me.
This time, I decided to step away a little from the more obvious routes and focus on neighbourhoods such as the Latin Quarter and Montmartre. There I could go into small establishments, wander through cafés frequented by locals and look at the city from a different scale. Now, too, I speak its language, and that familiarity opened doors for me to hear the city in its own register. The human heart always resonates differently when something feels close, when shared words make the space warmer. It was as if Paris unfolded in more intimate dimensions: small tables full of everyday conversations, steep streets leading to unexpected views, hidden bookshops that seemed to have been waiting for me forever. That experience allowed me to understand that the city can also be inhabited in its pleats, in the domestic, in what one discovers when the pace slows and the gaze settles on the details.
Gaston Bachelard spoke of “topophilia”, that affective bond that turns a space into a home, even if it is vast or strange. Walter Benjamin saw in the city a fabric of passages and memories that unfolds with each walk. Perhaps the urban and the intimate intersect there: when the gaze ceases to feel overwhelmed and begins to read the streets as an extension of oneself.
Some cities manage to become intimate; they shrink to our scale and accompany us like a gentle body. Others remain colossal, unapproachable territories that remind us of the impossibility of encompassing everything. There is, moreover, a fundamental difference: having left the city or never having left it. Those who stay learn to live with the proportions, fitting their body to its streets and its streets to their body. Those who leave carry a frozen image and, on returning, gauge at once how much the city has changed and how much one has changed.
A few months ago, when I was in Munich for the first time, the city struck me as interesting for its calm pulse: people who walk as if the world had granted them tacit permission to exist without haste, squares where time does not tighten, cafés where one lingers without guilt. I was surprised by the tranquil passivity of a biergarten, that way of stopping time under the trees, with life running in a stein of beer. In contrast, the experience in a traditional Ratskeller was intense and almost solemn: the abundant food and dense atmosphere seemed to contain centuries of history. Being located in cellars, with Gothic architecture of vaulted ceilings and sturdy columns, the place conveyed a particular gravity, as if each bite were accompanied by the memory of the city that supports it from the depths. And in that moment my soul seemed to share that gravity: gathered into itself and in tune with the place’s penumbra, as though my inner world found an echo in that resonance.
As I walked its streets, a mantra stuck with me almost automatically: “take your time, take your space”. I repeated it like someone practising a new way of breathing, because for years I have lived with the feeling that I do not deserve time: I hurry, I feel I must justify my presence, ask permission to relax, to enjoy, to occupy a place. Watching other people move with natural ease gave me permission to try another way of being: to accept that time is mine, that I can take it without explanations, that occupying space is also a legitimate act of existence.
Roland Barthes said that the city is a discourse, a text that is written and read at once: each street, each façade, each square is a signifier that changes meaning according to who inhabits it. That idea resonates with my own experience: Paris, Munich or any other city are not static, but are rewritten as I move through them. What yesterday was a sign of threat can today be a sign of belonging; what once seemed impossible to take in now becomes an intimate gesture. Just as a city is reinterpreted every time we inhabit it, I also read and rewrite myself in each experience, finding new ways to understand who I am and how I can dwell within myself.
In that to-and-fro between cities and readings, I see that all these experiences—the walks through Paris that now fit my stride, the astonished first time in 2011, the lesson of human scale in the models, the calm of Munich and the gratitude that overwhelmed me—are fragments of the same learning: to inhabit oneself is to learn to give our inner world its proper measure. Just as in architecture an ill-proportioned door is uncomfortable, a constricted self-esteem places us out of scale with life. Learning to measure myself meant redrawing my internal proportions until the cities stopped crushing me and began to respond to my rhythm. Bachelard and Benjamin whisper that places contain memories, and those memories become habitable when we no longer believe we must ask permission to exist. Taking time, occupying space, looking without guilt: simple exercises which, repeated, rebuild the dignity of a presence that was always there, waiting to be recognised. I now walk knowing that cities show me who I am—sometimes intimate, sometimes monumental—and that the true architecture that sustains me is the one I build within: patient, sufficiently spacious, and my own. I still have many cities to walk, to experience and to inhabit. I know there will always be some that present themselves to me as excessive, like giants that recall what cannot be encompassed, and others that, with luck, from the first encounter offer me the warmth of an embrace and the feeling of arriving home. And there an inevitable question arises: where is home, really? In a fixed territory, in a specific city, or in the ability to recognise oneself anywhere?
🇫🇷 Les villes
Récemment, j’ai été à Paris. Quatorze ans après la première fois où j’ai arpenté ses rues — et après y être revenue à plusieurs reprises — je l’ai vécue autrement : elle reste complexe, mais elle ne m’accable plus ; j’y ai découvert une échelle humaine. Au lieu d’en sentir le poids, j’ai pu reconnaître avec netteté les éléments qui la composent — le paysage, le bruit, les transports, la vie quotidienne, les bâtiments, l’architecture — et percevoir comment tout cela s’entrelace en un tissu urbain qui respire comme un corps vivant.
La révélation la plus forte a été de constater que l’essentiel de ce tissu, ce sont les gens. Derrière chaque individu qui se hâte ou chaque touriste qui s’accorde le temps de contempler, s’ouvre un univers d’histoires. Cette constatation m’est naturelle aujourd’hui, mais je sais qu’elle ne l’aurait pas été il y a quatorze ans. Car, durant ce temps, ce n’est pas seulement Paris qui a changé : moi aussi, j’ai changé. La ville que je porte en moi, ma ville intérieure, s’est transformée.
Aujourd’hui, j’ose penser que j’ai grandi. Le monde s’est accumulé en moi et, avec cette maturation, Paris ne se présente plus comme une force menaçante, mais comme une scène où mon expérience trouve sa juste proportion. Je me souviens bien de la première visite : la ville me paraissait immense, débordante, chaotique. Maintenant, au contraire, ses dimensions semblent s’ajuster à mon pas.
Les villes, en réalité, ne changent pas tant que cela : c’est notre manière de les habiter qui change. Quand nous nous sentons petits, les cités se dressent comme des remparts ; leurs avenues sont interminables, leurs immeubles trop hauts, leurs foules impossibles à embrasser d’un seul regard. Tout nous rappelle notre fragilité. Mais quelque chose se produit lorsque nous grandissons vers l’intérieur, lorsque l’autodécouverte nous donne une certaine solidité. Alors, la même ville prend une autre mesure : le trajet devient routine, la place un refuge, et les rues se révèlent proches, presque domestiques.
Quand j’étudiais l’architecture, nous passions des heures à comprendre l’importance de l’échelle humaine. Sur les plans et les maquettes, cette petite silhouette dessinée rappelait que la mesure ultime de tout espace, c’est le corps qui l’habite. La hauteur d’un mur, la proportion d’une porte ou la dimension d’une place ne s’entendent qu’en relation avec celui qui les parcourt. Cette leçon technique est devenue métaphore intérieure : avec le temps, j’ai compris que, comme les espaces, la vie prend sens à notre mesure. Ce n’est pas la taille de la ville qui détermine son poids en nous, mais la manière dont nous apprenons à nous y situer.
Je pense à 2011, quand une fille d’un petit village du Mexique s’est retrouvée soudain face aux grandes villes d’Europe. C’était un décor accablant et fascinant, et je commençais à peine à le découvrir avec des yeux ébahis. J’ai ressenti une gratitude immense — non seulement pour Paris, mais pour bien d’autres villes et pays ; ma sensibilité battait au rythme de la beauté, mais mon inexpérience me soufflait que je ne méritais pas d’être là. Même si les lieux étaient magnifiques, je me sentais petite : je m’approchais avec timidité, j’osais à peine entrer dans les restaurants, parcourir les places, m’asseoir à une table publique ; je me demandais si j’étais bien habillée, si je devais être là, si j’avais le droit d’en profiter. Ce sentiment de ne pas mériter a cédé lentement. Et pourtant, lors de ma dernière visite, il y eut un moment silencieux de reconnaissance : je peux désormais habiter ces espaces. Je peux rester dans la salle, commander sans hésiter, regarder sans culpabilité. Je peux savourer sans me soucier du regard d’autrui, avec la simple certitude que si je suis là, c’est parce que j’y suis arrivée à juste titre.
Lors de cette première visite à Paris, j’ai parcouru, comme il était inévitable, les sites emblématiques : j’avais l’énergie et l’illusion de monter à la tour Eiffel pour contempler d’en haut la trame urbaine de la ville, cet enchevêtrement qui semble infini. Au Louvre, j’ai été émue de me trouver face à la Joconde, non tant pour la peinture que pour le geste de me reconnaître dans ce moment unique, entourée de foules qui partageaient la même attente. Je me souviens aussi de la première crêpe que j’ai goûtée, au Passage des Panoramas. À propos de ces passages, Walter Benjamin écrivait que leur charme réside dans leur double fonction : ce sont des vitrines sur la ville et, en même temps, des espaces intérieurs, des ombres aux échos du quotidien qui permettent de lire la ville comme une maison. Et comment oublier la sensation accablante en marchant sur les Champs-Élysées : des boutiques de luxe et des restaurants qui semblaient inaccessibles, ce mélange d’éblouissement et d’étrangeté qui me faisait me sentir encore plus petite face à la grandeur de cette ville. Depuis, je suis revenue bien des fois à Paris ; chaque retour offre une autre couche, comme si la ville se transformait avec moi.
Cette fois, j’ai décidé de m’éloigner un peu des parcours les plus évidents et de me concentrer sur des quartiers comme le Quartier Latin et Montmartre. Là, j’ai pu entrer dans de petits établissements, fréquenter des cafés prisés des habitants et regarder la ville à une autre échelle. Désormais, j’en parle la langue, et cette familiarité m’a ouvert des portes pour écouter la ville dans son propre ton. Le cœur humain résonne toujours différemment quand quelque chose nous est proche, lorsque les mots partagés réchauffent l’espace. C’était comme si Paris se déployait en des dimensions plus intimes : de petites tables pleines de conversations quotidiennes, des rues escarpées menant à des vues inattendues, des librairies cachées qui semblaient m’attendre depuis toujours. Cette expérience m’a permis de comprendre que la ville peut aussi s’habiter dans ses replis, dans le domestique, dans ce que l’on découvre lorsque le pas se fait plus lent et que le regard se pose sur les détails.
Gaston Bachelard parlait de la « topophilie », ce lien affectif qui fait d’un espace une maison, fût-il vaste ou étrange. Walter Benjamin voyait dans la ville un réseau de passages et de mémoire qui se déploie à chaque promenade. C’est peut-être là que se croisent l’urbain et l’intime : lorsque le regard cesse de se sentir dépassé et commence à lire les rues comme une prolongation de soi-même.
Certaines villes parviennent à devenir intimes, se réduisent à notre échelle et nous accompagnent comme un corps bienveillant. D’autres demeurent colossales, des territoires inabordables qui rappellent l’impossibilité de tout embrasser. Il y a, en outre, une différence fondamentale : avoir quitté la ville ou ne l’avoir jamais quittée. Celui qui reste apprend à composer avec les proportions, ajuste son corps à ses rues et ses rues à son corps. Celui qui part emporte une image figée et, en revenant, mesure à la fois combien la ville a changé et combien l’on a changé.
Il y a quelques mois, lorsque je suis allée à Munich pour la première fois, la ville m’a paru intéressante par son pouls tranquille : des gens qui marchent comme si le monde leur accordait un permis tacite d’exister sans hâte, des places où le temps ne se resserre pas, des cafés où l’on demeure sans culpabilité. La passivité paisible d’un biergarten m’a surprise, cette façon d’arrêter le temps sous les arbres, avec la vie qui coule dans une chope de bière. À l’inverse, l’expérience dans un Ratskeller traditionnel fut intense et presque solennelle : la nourriture abondante et l’atmosphère dense semblaient contenir des siècles d’histoire. Situé en sous-sol, avec une architecture gothique de voûtes et de colonnes robustes, le lieu transmettait une gravité particulière, comme si chaque bouchée s’accompagnait de la mémoire de la ville qui le soutient depuis les profondeurs. Et, à cet instant, mon âme paraissait partager cette gravité : recueillie en elle-même et en syntonie avec la pénombre du lieu, comme si mon intériorité trouvait un écho dans cette résonance.
En parcourant ses rues, un mantra s’est accroché à moi presque automatiquement : « take your time, take your space ». Je le répétais comme on pratique une nouvelle respiration, car pendant des années j’ai vécu avec la sensation de ne pas mériter le temps : je me hâte, j’ai l’impression de devoir justifier ma présence, demander la permission de me détendre, de profiter, d’occuper une place. Voir d’autres personnes se mouvoir avec naturel m’a donné la permission d’essayer une autre manière d’être : accepter que le temps est à moi, que je peux le prendre sans explications, qu’occuper de l’espace est aussi un acte légitime d’existence.
Roland Barthes disait que la ville est un discours, un texte qui s’écrit et se lit à la fois : chaque rue, chaque façade, chaque place est un signifiant qui change de sens selon qui l’habite. Cette idée résonne avec ma propre expérience : Paris, Munich ou toute autre ville ne sont pas statiques, mais se réécrivent à mesure que je les parcours. Ce qui hier était un signe de menace peut aujourd’hui être un signe d’appartenance ; ce qui paraissait autrefois incommensurable devient maintenant un geste intime. De même qu’une ville est réinterprétée chaque fois que nous l’habitons, je me lis et me réécris, moi aussi, à chaque expérience, en trouvant de nouvelles manières de comprendre qui je suis et comment je peux m’habiter.
Dans cet aller-retour entre villes et lectures, je vois que toutes ces expériences — les promenades à Paris qui tiennent désormais dans mon pas, la première fois ébahie de 2011, la leçon de l’échelle humaine sur les maquettes, le calme de Munich et la gratitude qui me débordait — sont des fragments d’un même apprentissage : s’habiter, c’est apprendre à donner à notre intérieur la juste mesure. Tout comme en architecture une porte mal proportionnée gêne, une estime de soi étroite nous met hors échelle avec la vie. Apprendre à me mesurer, ce fut redessiner les proportions internes jusqu’à ce que les villes cessent de m’écraser et commencent à répondre à mon rythme. Bachelard et Benjamin murmurent que les lieux contiennent de la mémoire, et cette mémoire devient habitable lorsque nous ne croyons plus devoir demander la permission d’exister. Prendre du temps, occuper l’espace, regarder sans culpabilité : des exercices simples qui, répétés, reconstruisent la dignité d’une présence qui a toujours été là, en attente d’être reconnue. Je marche désormais en sachant que les villes me montrent qui je suis — parfois intime, parfois monumentale — et que la véritable architecture qui me soutient est celle que je construis en moi : patiente, suffisamment vaste et propre. Il me reste encore bien des villes à parcourir, à expérimenter et à habiter. Je sais qu’il y en aura toujours qui se présenteront à moi démesurées, comme des géantes qui rappellent l’incommensurable, et d’autres qui, avec un peu de chance, dès la première rencontre m’offriront la chaleur d’une étreinte et la sensation d’arriver chez moi. Et là surgit une question inévitable : où se trouve vraiment la maison ? Dans un territoire fixe, dans une ville précise, ou dans la capacité de se reconnaître soi-même n’importe où ?


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