Un día desperté y en otro mundo me hallaba, aunque todo seguía ahí, latiendo bajo la misma piel del tiempo. Una voz en el viento me susurró: Nada está perdido, todo está en vuelo. Bajo mi almohada, fragmentos de alas de mariposa ardían como rescoldos de un sueño: pequeñas piezas, vestigios oníricos de una lucha que trasciende la realidad. Sabía que aún soñaba, pero decidí recoger esos diminutos pedazos, hechos polvo por mí misma durante la noche. Tal vez todos somos eso, pensé: fragmentos dispersos de una misma historia, ecos de un ciclo que se repite en formas distintas. Nos construimos de lo que se pierde, de lo que resiste. Las raíces que se hunden y las alas que migran son parte de la misma historia. Un árbol que envejece, el universo que observa y yo, que intento reconstruirme, somos facetas de una única existencia que lucha, resiste y se transforma. El ahuehuete, con sus raíces que se hunden en la tierra y sus ramas que alcanzan el cielo, refleja lo que soy. El cosmos, con su danza infinita, nos envuelve y conecta. Desde mis entrañas escribo, tratando de entender cómo estas voces, aunque diversas, hablan el mismo idioma: el de la vida que se quiebra y vuelve a renacer. Al escribir sobre mí, escribo sobre todos. Al contar mi historia, cuento la nuestra.
El árbol
Desde las verdes y serenas aguas de un río que se entrega al abrazo del Pacífico mexicano, mis ramas se extienden como dedos queriendo tocar el cielo, y mi sombra cubre la tierra cual manto ofreciendo resguardo. En tiempos antiguos, los mexicas me sabían un árbol sagrado. Decían que mis raíces conectaban con el Mictlán, el inframundo, y que mis ramas alcanzaban los cielos, sirviendo como puente entre el mundo de los vivos y los muertos. En ceremonias, las ofrendas de maíz y cacao se depositaban bajo mi copa, un gesto para honrar a los dioses y pedir protección. A mis pies, lloró Hernán Cortés tras su derrota. No temo al paso del tiempo, lo llevo inscrito en cada grieta de mi corteza. Soy testigo de la lucha y la resistencia. Vi caer imperios y nacer esperanzas en cada rincón de esta tierra. Las estaciones me visten y desnudan, siempre fieles a su ciclo eterno. Ahora, sin embargo, estoy seco, hueco, viejo. He visto nacer y morir, crecer y caer. Mis raíces, antes profundas y fuertes, ahora son venas que se retuercen y se quiebran. Por suerte, no estoy solo: las mariposas monarca me rodean, incansables, como hojas aladas que nunca se marchitan, chispas de fuego que crepitan. Ellas son mi aliento, el movimiento que no puedo tener; el aire que respiro y que me conecta con algo más grande, con un ciclo que no tiene fin, con mis sueños y con otras realidades. Revolotean a mi alrededor y, por un instante, siento que migran por mí, que llevan consigo lo que fui, lo que soy, y lo que tal vez aún seré. En sus alas se escribe el renacimiento, una y otra vez, como si cada vuelo fuera un soplo de vida que no me abandona. Soy un árbol viejo de agua, el ahuehuete.
La mujer
A veces siento que yo también soy ese árbol. Algo en mi interior se ha roto, se ha secado. Miro mis manos temblorosas por la ansiedad y pienso en sus ramas desnudas, quebradizas. Hay días en los que siento que mis raíces no se aferran a nada, que el suelo bajo mis pies es inestable, como si en cualquier momento pudiera hundirme en el abismo que llevo dentro. Y entonces, esos bichos alados, los mismos que rodean al ahuehuete parecen rodearme a mí, pero en mi mente y más allá, donde la realidad se desdibuja y, a pesar del cansancio que arrastro, hay un ciclo que nunca se detiene. Ellas son la promesa de que todo puede cambiar: que incluso en la desolación hay movimiento, de que puedo renacer y volver a empezar. Son pequeñas y efímeras, pero su vuelo trasciende fronteras. Migran, como migran mis pensamientos, llevándome a paisajes que no conozco, a lugares donde quizá pueda encontrar una versión de mí misma que no se haya roto del todo, y migran como una vez migré yo. Me recuerdan que la fuerza no siempre se mide en tamaño o poder, sino en la capacidad de seguir adelante, de seguir migrando. Me digo que aún tengo alas, aunque estén marchitas. Que aún puedo volar, aunque el aire se haya tornado hostil. Mi plan era huir como las mariposas que se lanzan al viento en busca de otro sol, de otra tierra. Soñaba con el horizonte abierto, con una nueva primavera donde pudiera echar raíces sin miedo. Pero ahora, el viento ha cambiado. Allá donde creí que encontraría refugio, ahora se alzan muros y sombras afiladas. Escucho el rumor de la cacería, de las puertas cerrándose una a una, de la tierra prometida que se repliega sobre sí misma. Nos llaman invasores, nos persiguen como si nuestro vuelo fuera una amenaza, como si las alas mismas fueran pecado. ¿Y ahora? Las mariposas migran sin certezas, sin mapas. No saben si llegarán. Yo tampoco. Pero ellas no se detienen. Siguen, aunque el camino sea incierto. Me pregunto si, al igual que ellas, debo buscar otro destino, otra ruta secreta entre las ramas de este mundo hostil. Mi piel, marcada por la historia de mi gente, late con el eco de quienes vinieron antes y de quienes vendrán después. En mis venas hay polvo de caminos abandonados, de fronteras rotas, de nombres olvidados en las orillas de la historia. A veces, en mis sueños, al autor de los Sonetos a Orfeo me dice: “Sé paciente con todo aquello que no está resuelto en tu corazón… Vive las preguntas ahora. Quizás así, algún día en el futuro, entres gradualmente a la respuesta”. Pero mi corazón no pregunta, tiembla. Tiembla porque el tiempo me empuja a decidir. ¿Soy árbol que resiste o mariposa que vuela? ¿Soy quien se aferra a lo que fue, o quien busca un nuevo nido? El ahuehuete me observa. Él no teme al exilio, porque su hogar está en las raíces que lo sostienen. Pero yo soy mujer, y mi tierra no me pertenece, o quizá soy yo quien no pertenece a la tierra. Miro al ahuehuete y siento su lucha, pero él no es diferente del universo que gira en silencio. El ahuehuete me recuerda de dónde vengo. Mi sangre es el río que lo nutre, a pesar del tiempo y mi historia se hunde en esa tierra, en ese país de raíces profundas y tiempos antiguos. Mi espíritu, aún animado, vaga entre dos mundos también. Habito en una línea frágil entre la existencia y el silencio absoluto, el Mictlán vive en mí, y resuena la voz acallada de Sor Juana que dice: “En mi morir viviré”. En la cosmovisión mexica, las mariposas eran vistas como almas de los guerreros muertos en batalla o mujeres que morían en el parto, ambas formas de muerte consideradas heroicas. Estas almas ascendían al sol y regresaban al mundo como mariposas para visitar a sus seres queridos. Morí en el intento de parirme a mí misma, a una versión de mí que no tenía un lugar en el futuro, un reflejo que se desmoronaba antes de tomar forma. En medio de esa muerte, me aferro a una esperanza silenciosa: la de regresar algún día con alas, ligera y transformada, capaz de cruzar océanos. Las monarca no decoran el tiempo, lo atraviesan. Si las mariposas monarca son almas de guerreros caídos y el ahuehuete es el guardián de esas almas, tal vez este exilio no sea una condena sino un destino. De pronto, el ahuehuete seco se sacude. Algo dentro de su tronco cruje. Una pequeña hoja verde asoma entre la corteza resquebrajada. No está muerto. Nunca lo estuvo. En ese instante, algo dentro de mí también se rompe… o quizás, algo dentro de mí renace.
Tal vez no soy solo árbol ni solo mariposa. Tal vez soy ambas cosas. Las raíces que me sostienen no están hechas de tierra, sino de la memoria de quienes vinieron antes. Las alas que me impulsan no son solo las del miedo, sino también las de la esperanza. No hay que elegir entre resistir y volar. Se puede hacer ambas cosas. El viento sopla y, por primera vez, no dudo. No es una huida. Es un regreso.
El Universo y el Tiempo
El ahuehuete seco, la mujer rota, el río impasible que fluye a su alrededor… todos son apenas instantes en el vasto devenir del universo. Lo que ahora parece eterno, alguna vez fue polvo, y lo que hoy se desmorona volverá a ser. Las estrellas nacen y mueren en explosiones silenciosas que nunca serán vistas, y los planetas giran en sus órbitas indiferentes al sufrimiento de quienes los habitan. Pero entre esos ciclos inmutables, las mariposas danzan. Son fragmentos efímeros que atraviesan el tiempo con una ligereza que contradice su importancia. Cada una de ellas es un puente entre lo que fue y lo que será. Migran, como lo hace el tiempo, como lo hace el pensamiento humano en su búsqueda de sentido. En su vuelo se refleja el constante renacer del cosmos, el eterno retorno que mantiene viva la esencia de lo que cambia sin cesar. El tiempo no tiene prisa, pero tampoco se detiene. Sociedades se levantan y caen, sueños se forjan y se rompen y, sin embargo, el cosmos sigue su danza eterna. La humanidad, con sus dolores y sus esperanzas, es solo un suspiro en la vastedad infinita. Pero cada suspiro cuenta, cada instante deja una marca. El ahuehuete seco que un día fue gigante, la mujer que lucha contra la sombra en su corazón, ambos son parte de un ciclo mayor, un ciclo que trasciende la comprensión y que, sin embargo, no deja de tener sentido.
Unión de las Voces.
Soy el ahuehuete y, mientras contemplo el río, siento el paso del tiempo como una caricia implacable. Lo dijo Paz: “Un árbol se detiene en su carrera / y en sus inmóviles ramajes canta / el tiempo, la prisión de los instantes”. Yo soy ese árbol: un testigo atrapado en el flujo incesante del tiempo, que no deja de transformar todo a su alrededor. Soy la mujer, y mientras miro al ahuehuete, siento que, como yo, está luchando por seguir de pie. Soy el universo, y mientras observo ambos, los comprendo como partes de un todo más grande, como reflejos de un ciclo eterno de vida, muerte y transformación. Las mariposas monarca continúan su danza alrededor del ahuehuete seco, indiferentes al paso de las horas, ajenas al dolor de la mujer y a la indiferencia del cosmos. Son el vínculo entre lo que se desmorona y lo que permanece. Son un símbolo de cambio, de belleza frágil, de esperanza que se aferra incluso a lo que parece perdido. Son conexiones con el universo, con lo efímero, con la promesa de que nada muere del todo mientras exista el movimiento. Al final, todos somos eso: ahuehuetes que envejecen, almas que luchan, estrellas que mueren. Pero en nuestra fragilidad, también somos mariposas que danzan, ríos que fluyen, universos que sueñan. En las palabras de Whitman, “Yo celebro y canto a mí mismo, / y lo que asumo, tú lo asumirás, / porque cada átomo que me pertenece también te pertenece”. Desde las entrañas de un ahuehuete muerto, hablo. Desde las entrañas del tiempo infinito, renazco. Desde mis propias cenizas, vuelo. Y en ese instante, todo es uno: yo.


DES ENTRAILLES DE L’AHUEHUETE, JE PARLE.
Un jour, je me suis réveillée et je me suis retrouvée dans un autre monde, bien que tout fût toujours là, battant sous la même peau du temps. Une voix dans le vent me murmura : Rien n’est perdu, tout est en vol. Sous mon oreiller, des fragments d’ailes de papillon brûlaient comme les braises d’un rêve : de petites pièces, vestiges oniriques d’une lutte qui transcende la réalité. Je savais que je rêvais encore, mais j’ai décidé de ramasser ces minuscules morceaux, réduits en poussière par moi-même pendant la nuit. Peut-être sommes-nous tous cela, ai-je pensé : des fragments dispersés d’une même histoire, des échos d’un cycle qui se répète sous différentes formes. Nous nous construisons à partir de ce qui se perd, de ce qui résiste. Les racines qui s’enfoncent et les ailes qui migrent font partie d’une même histoire. Un arbre qui vieillit, l’univers qui observe, et moi, qui tente de me reconstruire, sommes des facettes d’une unique existence qui lutte, résiste et se transforme. L’ahuehuete, avec ses racines qui plongent dans la terre et ses branches qui atteignent le ciel, reflète ce que je suis. Le cosmos, dans sa danse infinie, nous enveloppe et nous relie. Depuis mes entrailles, j’écris, cherchant à comprendre comment ces voix, bien que diverses, parlent la même langue : celle de la vie qui se brise et renaît. En écrivant sur moi, j’écris sur tous.En racontant mon histoire, je raconte la nôtre.
L’Arbre
Depuis les eaux vertes et sereines d’une rivière qui se livre à l’étreinte du Pacifique mexicain, mes branches s’étendent comme des doigts cherchant à toucher le ciel, et mon ombre couvre la terre tel un manteau offrant un refuge. Dans les temps anciens, les Mexicas me considéraient comme un arbre sacré. Ils disaient que mes racines se connectaient au Mictlán, l’inframonde, et que mes branches atteignaient les cieux, servant de pont entre le monde des vivants et celui des morts. Lors des cérémonies, des offrandes de maïs et de cacao étaient déposées sous ma cime, un geste pour honorer les dieux et demander leur protection. À mes pieds, Hernán Cortés pleura après sa défaite. Je ne crains pas le passage du temps ; je le porte inscrit dans chaque fissure de mon écorce. Je suis témoin de la lutte et de la résistance. J’ai vu tomber des empires et naître des espoirs dans chaque recoin de cette terre. Les saisons me vêtent et me dépouillent, toujours fidèles à leur cycle éternel. Mais maintenant, je suis sec, creux, vieux. J’ai vu naître et mourir, croître et décliner. Mes racines, autrefois profondes et robustes, sont désormais des veines qui se tordent et se brisent. Heureusement, je ne suis pas seul : les papillons monarques m’entourent, infatigables, comme des feuilles ailées qui ne flétrissent jamais, des étincelles de feu qui crépitent. Ils sont mon souffle, le mouvement que je ne peux plus avoir ; l’air que je respire et qui me relie à quelque chose de plus grand, à un cycle sans fin, à mes rêves et à d’autres réalités. Ils voltigent autour de moi et, l’espace d’un instant, j’ai l’impression qu’ils migrent pour moi, qu’ils emportent avec eux ce que j’ai été, ce que je suis, et ce que je serai peut-être encore. Sur leurs ailes s’écrit la renaissance, encore et encore, comme si chaque vol était un souffle de vie qui ne m’abandonne pas. Je suis un vieil arbre d’eau, l’ahuehuete.
La Femme
Parfois, j’ai l’impression d’être aussi cet arbre. Quelque chose en moi s’est brisé, s’est desséché. Je regarde mes mains tremblantes d’anxiété et je pense à ses branches nues, fragiles. Il y a des jours où j’ai l’impression que mes racines ne s’accrochent à rien, que le sol sous mes pieds est instable, comme si, à tout moment, je pouvais sombrer dans l’abîme que je porte en moi. Et puis, ces créatures ailées, les mêmes qui entourent l’ahuehuete, semblent aussi m’entourer, mais dans mon esprit et au-delà, là où la réalité s’efface et où, malgré la fatigue que je traîne, il y a un cycle qui ne s’arrête jamais. Elles sont la promesse que tout peut changer : que même dans la désolation, il y a du mouvement, que je peux renaître et recommencer. Elles sont petites et éphémères, mais leur vol transcende les frontières. Elles migrent, comme migrent mes pensées, m’emmenant vers des paysages inconnus, vers des lieux où peut-être je trouverai une version de moi-même qui ne s’est pas entièrement brisée, et elles migrent comme j’ai moi-même migré autrefois. Elles me rappellent que la force ne se mesure pas toujours à la taille ou à la puissance, mais à la capacité de continuer, de poursuivre la migration. Je me dis que j’ai encore des ailes, même si elles sont flétries. Que je peux encore voler, même si l’air est devenu hostile. Mon plan était de fuir, comme les papillons qui se lancent dans le vent à la recherche d’un autre soleil, d’une autre terre. Je rêvais d’un horizon ouvert, d’un printemps nouveau où je pourrais prendre racine sans crainte. Mais maintenant, le vent a changé. Là où je croyais trouver refuge, des murs et des ombres tranchantes s’élèvent désormais. J’entends la rumeur de la chasse, des portes qui se ferment une à une, de la terre promise qui se replie sur elle-même. On nous appelle des envahisseurs, on nous traque comme si notre vol était une menace, comme si avoir des ailes était un péché. Et maintenant ? Les papillons migrent sans certitude, sans carte. Ils ne savent pas s’ils arriveront. Moi non plus. Mais ils ne s’arrêtent pas. Ils continuent, même si le chemin est incertain. Je me demande si, comme eux, je dois chercher une autre destination, une autre route secrète entre les branches de ce monde hostile. Ma peau, marquée par l’histoire de mon peuple, palpite avec l’écho de ceux qui sont venus avant et de ceux qui viendront après. Dans mes veines, il y a la poussière des routes abandonnées, des frontières brisées, des noms oubliés sur les rivages de l’histoire. Parfois, dans mes rêves, l’auteur des Sonnets à Orphée me dit : «Sois patient envers tout ce qui n’est pas résolu dans ton cœur… Vis les questions maintenant. Peut-être, un jour, dans l’avenir, entreras-tu peu à peu dans la réponse.» Mais mon cœur ne questionne pas ; il tremble. Il tremble parce que le temps me pousse à décider. Suis-je un arbre qui résiste ou un papillon qui vole ? Suis-je celle qui s’accroche à ce qui fut, ou celle qui cherche un nouveau nid ? L’ahuehuete m’observe. Il ne craint pas l’exil, car sa maison est dans les racines qui le soutiennent. Mais je suis une femme, et ma terre ne m’appartient pas. Ou peut-être est-ce moi qui n’appartiens pas à la terre. Je regarde l’ahuehuete et je ressens son combat, mais il n’est pas différent de l’univers qui tourne en silence. L’ahuehuete me rappelle d’où je viens. Mon sang est la rivière qui le nourrit, malgré le temps, et mon histoire s’enracine dans cette terre, dans ce pays de racines profondes et de temps anciens. Mon esprit, encore animé, erre entre deux mondes lui aussi. J’habite une ligne fragile entre l’existence et le silence absolu. Mictlán vit en moi, et résonne la voix étouffée de Sor Juana qui dit : «Dans ma mort, je vivrai.» Dans la cosmovision mexica, les papillons étaient vus comme les âmes des guerriers tombés au combat ou des femmes mortes en couches, deux formes de mort considérées comme héroïques. Ces âmes montaient vers le soleil et revenaient au monde sous forme de papillons pour rendre visite à leurs proches. Je suis morte en tentant de me mettre au monde, de donner naissance à une version de moi qui n’avait pas sa place dans l’avenir, un reflet qui s’effondrait avant même de prendre forme. Au milieu de cette mort, je m’accroche à un espoir silencieux : celui de revenir un jour avec des ailes, légère et transformée, capable de traverser les océans. Les monarques ne décorent pas le temps, elles le traversent. Si les papillons monarques sont les âmes des guerriers tombés et que l’ahuehuete est le gardien de ces âmes, alors peut-être que cet exil n’est pas une condamnation, mais un destin. Soudain, l’ahuehuete sec frémit. Quelque chose craque à l’intérieur de son tronc. Une petite feuille verte surgit à travers l’écorce fissurée. Il n’est pas mort. Il ne l’a jamais été. À cet instant, quelque chose en moi aussi se brise… Ou peut-être, quelque chose en moi renaît. Peut-être ne suis-je pas seulement un arbre ni seulement un papillon. Peut-être suis-je les deux. Les racines qui me soutiennent ne sont pas faites de terre, mais de la mémoire de ceux qui sont venus avant moi. Les ailes qui me portent ne sont pas seulement celles de la peur, mais aussi celles de l’espoir. Il n’est pas nécessaire de choisir entre résister et voler. On peut faire les deux. Le vent souffle, et pour la première fois, je ne doute pas. Ce n’est pas une fuite. C’est un retour.
L’Univers et le Temps
L’ahuehuete sec, la femme brisée, la rivière impassible qui coule autour d’eux… tous ne sont que des instants fugaces dans le vaste devenir de l’univers. Ce qui semble éternel aujourd’hui fut autrefois poussière, et ce qui s’effondre aujourd’hui renaîtra un jour. Les étoiles naissent et meurent dans des explosions silencieuses qui ne seront jamais vues, et les planètes tournent dans leurs orbites, indifférentes à la souffrance de ceux qui les habitent. Mais au milieu de ces cycles immuables, les papillons dansent. Ils sont des fragments éphémères qui traversent le temps avec une légèreté qui contredit leur importance. Chacun d’eux est un pont entre ce qui fut et ce qui sera. Ils migrent, comme le fait le temps, comme le fait la pensée humaine en quête de sens. Dans leur vol se reflète la renaissance constante du cosmos, l’éternel retour qui maintient vivante l’essence de ce qui ne cesse jamais de changer. Le temps n’a pas d’empressement, mais il ne s’arrête pas non plus. Des sociétés s’élèvent et s’effondrent, des rêves se forment et se brisent, et pourtant, le cosmos poursuit sa danse éternelle. L’humanité, avec ses douleurs et ses espoirs, n’est qu’un soupir dans l’immensité infinie. Mais chaque soupir compte, chaque instant laisse une empreinte. L’ahuehuete sec qui fut autrefois un géant, la femme qui lutte contre l’ombre dans son cœur—tous deux font partie d’un cycle plus vaste, un cycle qui transcende la compréhension et qui, pourtant, ne cesse d’avoir un sens.
Union des Voix
Je suis l’ahuehuete, et tandis que je contemple la rivière, je ressens le passage du temps comme une caresse implacable. Paz l’a dit :
«Un arbre s’arrête dans sa course,
et dans ses rameaux immobiles chante
le temps, la prison des instants.»
Je suis cet arbre : un témoin prisonnier du flux incessant du temps, qui ne cesse de transformer tout ce qui l’entoure. Je suis la femme, et tandis que je regarde l’ahuehuete, je sens que, comme moi, il lutte pour rester debout. Je suis l’univers, et en les observant tous deux, je les comprends comme des fragments d’un tout plus vaste, comme les reflets d’un cycle éternel de vie, de mort et de transformation. Les papillons monarques poursuivent leur danse autour de l’ahuehuete sec, indifférents au passage des heures, insensibles à la douleur de la femme et à l’indifférence du cosmos. Ils sont le lien entre ce qui s’effondre et ce qui demeure. Ils sont un symbole de changement, de beauté fragile, d’un espoir qui s’accroche même à ce qui semble perdu. Ils sont des connexions avec l’univers, avec l’éphémère, avec la promesse que rien ne meurt totalement tant que le mouvement existe. Au final, nous sommes tous cela : des ahuehuetes qui vieillissent, des âmes qui luttent, des étoiles qui meurent. Mais dans notre fragilité, nous sommes aussi des papillons qui dansent, des rivières qui coulent, des univers qui rêvent. Dans les mots de Whitman :
«Je me célèbre et je me chante moi-même,
Et ce que j’assume, tu l’assumeras,
Car chaque atome qui m’appartient t’appartient aussi.»
Depuis les entrailles d’un ahuehuete mort, je parle. Depuis les entrailles du temps infini, je renais. Depuis mes propres cendres, je m’envole. Et à cet instant, tout ne fait qu’un : moi.


FROM THE DEPTHS OF THE AHUEHUETE, I SPEAK.
One day I woke up and found myself in another world, although everything was still there, beating beneath the same skin of time. A voice in the wind whispered to me: Nothing is lost, everything is in flight. Beneath my pillow, fragments of butterfly wings burned like the embers of a dream—small pieces, oneiric remnants of a struggle that transcends reality. I knew I was still dreaming, but I decided to gather those tiny fragments, turned to dust by my own hands during the night. Perhaps we are all that, I thought: scattered fragments of the same story, echoes of a cycle that repeats in different forms. We are built from what is lost, from what endures. The roots that sink and the wings that migrate are part of the same story. A tree that ages, the universe that watches, and I, trying to rebuild myself, are facets of a single existence that fights, resists, and transforms. The ahuehuete, with its roots burrowing deep into the earth and its branches reaching towards the sky, reflects what I am. The cosmos, with its infinite dance, envelops and connects us. From my depths, I write, trying to understand how these voices, though diverse, speak the same language—the language of life that breaks and is reborn. In writing about myself, I write about everyone. In telling my story, I tell ours.
The Tree
From the green and serene waters of a river that surrenders to the embrace of the Mexican Pacific, my branches extend like fingers yearning to touch the sky, and my shade covers the earth like a mantle offering refuge. In ancient times, the Mexica knew me as a sacred tree. They said my roots connected with Mictlán, the underworld, and that my branches reached the heavens, serving as a bridge between the world of the living and the dead. During ceremonies, offerings of maize and cacao were placed under my canopy—a gesture to honour the gods and seek protection. At my feet, Hernán Cortés wept after his defeat. I do not fear the passage of time; I carry it inscribed in every crack of my bark. I am a witness to struggle and resistance. I have seen empires fall and hope arise in every corner of this land. The seasons dress and undress me, always faithful to their eternal cycle. Now, however, I am dry, hollow, old. I have seen birth and death, growth and decline. My roots, once deep and strong, are now veins that twist and fracture. Luckily, I am not alone: the monarch butterflies surround me, tireless, like winged leaves that never wither, sparks of fire that crackle. They are my breath, the movement I cannot have; the air I breathe that connects me to something greater, to a cycle without end, to my dreams and other realities. They flutter around me and, for an instant, I feel they migrate for me, carrying with them what I was, what I am, and what perhaps I will yet be. On their wings, renewal is written—again and again—as if each flight were a breath of life that never abandons me. I am an old tree of water, the ahuehuete.
The Woman
Sometimes I feel that I, too, am that tree. Something inside me has broken, has dried up. I look at my trembling hands, unsteady with anxiety, and think of its bare, brittle branches. There are days when I feel my roots cling to nothing, that the ground beneath my feet is unstable, as if at any moment I could sink into the abyss I carry within. And then, those winged creatures—the same ones that surround the ahuehuete—seem to surround me too, but in my mind and beyond, where reality blurs. Despite the exhaustion I carry, the cycle never stops. They are the promise that everything can change, that even in desolation, there is movement, that I can be reborn and start again. They are small and ephemeral, yet their flight transcends borders. They migrate, as my thoughts migrate, carrying me to landscapes unknown, to places where perhaps I might find a version of myself that has not completely shattered—just as I once migrated. They remind me that strength is not always measured in size or power, but in the ability to keep going, to keep migrating. I tell myself that I still have wings, even if they are withered. That I can still fly, even if the air has turned hostile. My plan was to flee, like the butterflies that launch themselves into the wind in search of another sun, another land. I dreamed of the open horizon, of a new spring where I could put down roots without fear. But now, the wind has changed. Where I once thought I would find refuge, walls and sharp shadows now rise. I hear the murmur of the hunt, of doors closing one by one, of the promised land folding in on itself. They call us invaders, they pursue us as if our flight were a threat, as if wings themselves were a sin. And now? The butterflies migrate without certainty, without maps. They do not know if they will arrive. Neither do I. But they do not stop. They continue, even though the path is uncertain. I wonder if, like them, I must seek another destination, another secret route between the branches of this hostile world. My skin, marked by the history of my people, pulses with the echo of those who came before and those who will come after. In my veins, there is dust from abandoned roads, from broken borders, from names forgotten on the shores of history. Sometimes, in my dreams, the author of the Sonnets to Orpheus tells me: «Be patient with all that is unresolved in your heart… Live the questions now. Perhaps then, one day in the future, you will gradually enter the answer.» But my heart does not ask; it trembles. It trembles because time pushes me to decide. Am I a tree that resists or a butterfly that flies? Am I the one who clings to what was, or the one who seeks a new nest? The ahuehuete watches me. It does not fear exile because its home is in the roots that sustain him. But I am a woman, and my land does not belong to me—or perhaps I am the one who does not belong to the land. I look at the ahuehuete and feel its struggle, but it is no different from the universe that turns in silence. The ahuehuete reminds me where I come from. My blood is the river that nourishes it, despite time, and my history is buried in that land, in that country of deep roots and ancient times. My spirit, still restless, wanders between two worlds as well. I dwell on a fragile line between existence and absolute silence. Mictlán lives within me, and the silenced voice of Sor Juana resounds: «In my dying, I shall live.» In the Mexica cosmovision, butterflies were seen as the souls of warriors who had fallen in battle or women who had died in childbirth—both considered heroic deaths. These souls ascended to the sun and returned to the world as butterflies to visit their loved ones. I died in the attempt to give birth to myself—to a version of me that had no place in the future, a reflection that crumbled before taking shape. In the midst of that death, I cling to a silent hope: that one day I will return with wings, light and transformed, capable of crossing oceans. The monarch butterflies do not merely decorate time; they pass through it. If monarch butterflies are the souls of fallen warriors and the ahuehuete is the guardian of those souls, perhaps this exile is not a condemnation but a destiny. Suddenly, the dry ahuehuete stirs. Something inside its trunk creaks. A small green leaf emerges from its cracked bark. It is not dead. It never was. At that moment, something inside me also breaks… or perhaps, something inside me is reborn. Perhaps I am not just a tree, nor just a butterfly. Perhaps I am both. The roots that sustain me are not made of earth, but of the memory of those who came before. The wings that propel me forward are not only those of fear, but also those of hope. There is no need to choose between resisting and flying. Both can be done. The wind blows and, for the first time, I do not hesitate. This is not an escape. It is a return.
The Universe and Time
The dry ahuehuete, the broken woman, the impassive river flowing around them… all are merely fleeting moments in the vast becoming of the universe. What now seems eternal was once dust, and what crumbles today will be again. Stars are born and die in silent explosions that will never be seen, and planets spin in their orbits, indifferent to the suffering of those who inhabit them. Yet amid these immutable cycles, the butterflies dance. They are ephemeral fragments that traverse time with a lightness that contradicts their significance. Each one is a bridge between what was and what will be. They migrate, as time does, as human thought does in its search for meaning. In their flight, the constant rebirth of the cosmos is reflected, the eternal return that keeps alive the essence of what never ceases to change. Time is in no hurry, but neither does it stop. Societies rise and fall, dreams are forged and broken, and yet, the cosmos continues its eternal dance. Humanity, with its sorrows and hopes, is but a sigh in the infinite vastness. But every sigh matters, every instant leaves a mark. The dry ahuehuete that was once a giant, the woman who fights against the shadow in her heart—both are part of a greater cycle, a cycle that transcends understanding and yet never ceases to make sense.
Union of Voices
I am the ahuehuete, and as I gaze at the river, I feel the passage of time like an unrelenting caress. Paz once said:
«A tree halts in its course,
and in its motionless branches, time sings,
the prison of instants.»
I am that tree: a witness trapped in the ceaseless flow of time, which never stops transforming everything around it. I am the woman, and as I look at the ahuehuete, I feel that, like me, it is struggling to remain standing. I am the universe, and as I observe them both, I understand them as parts of something greater, as reflections of an eternal cycle of life, death, and transformation. The monarch butterflies continue their dance around the dry ahuehuete, indifferent to the passing hours, oblivious to the woman’s pain and the cosmos’s indifference. They are the link between what crumbles and what endures. They are a symbol of change, of fragile beauty, of hope that clings even to what seems lost. They are connections to the universe, to the ephemeral, to the promise that nothing ever truly dies as long as movement exists. In the end, we are all that: ahuehuetes that age, souls that fight, stars that perish. But in our fragility, we are also butterflies that dance, rivers that flow, universes that dream. In the words of Whitman:
«I celebrate myself, and sing myself,
And what I assume you shall assume,
For every atom belonging to me as good belongs to you.»
From the depths of a dead ahuehuete, I speak. From the depths of infinite time, I am reborn. From my own ashes, I fly. And in that instant, all is one: I.


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