Nunca encajé en el molde
de mi sangre, ni en la mesa
donde el pan se compartía,
ni en las risas que formaban
los amigos, ni en las paredes
mudas de la escuela, ni en el
mundo que me mira y que calla.
Tengo miedo de vivir,
y que me guste,
de alzar la voz
y romper el cristal
del silencio, de caminar
sin ansiar palabras que absuelvan,
sin la urgencia de una culpa que no
es mía, sin el eco que siempre
me contradice. He sentido que mi
lugar es prestado, que soy un
intruso en tierras ajenas,
que pido permiso
al aire que
respiro,
que el sol
también dice
mi nombre,
e imagino que
mi sombra no
se borra.
Pero aquí estoy.
Aunque
tiemble.
Aunque
me falte.
Soy el
grito
que
no
cesa,
la chispa
que
incendia.

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